Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

lunes 29 de junio de 2009

117. Hola, en 400 palabras (setenta y ocho).

—¡Hola!
—…
—Bien, ¿y tú?
—…
—Qué parco eres, hijo, para eso no te llamo.
—…
—Sólo te preguntaba que qué tal tú. No es para que te pongas así.
—…
—¡Bueno…! Vaya humor que tenemos hoy…
—…
—Ya lo sé, es cierto que estoy un tanto susceptible, pero lo tuyo es exagerado.
—…
—Venga, de acuerdo. Empecemos otra vez.
—¡Hola!
—…
—Muy bien, ¿y tú?
—…
—¿Lo ves? Esto ya es otra cosa. ¿Qué tal tu día?
—…
—El mío regular, pero contenta. He tenido muchísimo trabajo hasta ahora, pero todo me ha salido bien.
—…
—Gracias. Por eso te llamo, para contártelo y porque tengo un ratito.
—…
—Ya, ya sé que estás liado, pero podemos hablar un rato, ¿no?
—…
—Te entretengo poco, ya verás.
—…
—Es que… te echo de menos.
—…
—No, no te preocupes, no me oye nadie.
—…
—Había pensado que esta tarde…
—…
—¿Qué llegarás tarde? Vaya, ¡qué pena!
—…
—Porque te iba a proponer algo distinto…
—…
—Pues, hijo, si te pones así se me quitan las ganas.
—…
—Pues las ganas… las ganas de contártelo… y de hacerlo.
—…
—¡Que no me oye nadie! Estoy sola, ¿y tú?
—…
—¡Ah! Pues disimula ¿no? A mí no me oyen.
—…
—Vale, pues sigo.
—…
—No te enfades y escúchame.
—…
—Me estoy controlando.
—…
—Es que… te quiero mucho.
—…
—No será momento para ti, pero para mí sí lo es.
—…
—Y te iba a proponer… ¿tienes tiempo?
—…
—Pues te iba a proponer que llegáramos pronto a casa, antes de que aparezcan los niños y…
—…
—Hoy los niños tiene extraescolares. No vuelven hasta las ocho.
—…
—¿Que no puedes? Seguro que sí, cuéntale una milonga a tu jefe y te dejará.
—…
—¡Jo, eso lo puedes hacer mañana!
—…
—Ya veo lo que me quieres.
—…
—Creo que hace años que no te lo pido.
—…
—Ya, lo entiendo, es importante… pero aún no conoces mi propuesta.
—…
—¿Qué no puedes seguir hablando?
—…
—Bueno, dime si vas a poder o no estar en casa a las cinco.
—…
—¿Que no sabes?
—…
—Descolgaremos el teléfono.
—…
—Y apagaremos los móviles y echaremos la gitana.
—…
—Pero…
—…
—Vale, espero.

—…
—¿Que no puedes?
—…
—¿Que es más importante tu trabajo?
—…
—¿Cómo que no?
—…
—No me quieres nada.
—…
—¡Que te vayas a la…!
—…
—¿Qué no te diga qué?
—…
—Estoy en mi derecho
—…
—No estoy de acuerdo. Eres un borde.
—…
—Mañana no me apetecerá. Me dolerá la cabeza.
—…
—Mira, te espero a las cinco. Si no llegas, no se te ocurra ni ir por casa.
—…
—No. A ninguna hora.
—…
—Y mañana tampoco.

viernes 26 de junio de 2009

116. La torre de Babel o la estupidez supina de nuestros políticos, en 400 palabras (setenta y siete).

La torre de Babel o la estupidez supina de nuestros políticos

No me lo puedo creer. No quería hablar de política en esta bitácora —ya lo dije en otra ocasión—, pero lo que acabo de leer me parece tal disparate que no me resisto. Resulta que el Sr. Chaves, nada menos que vicepresidente tercero del Gobierno de Ehpaña, necesita de siete intérpretes para negociar en el Senado con los representantes autonómicos. Dice la prensa que dos para el catalán, dos para el vasco, dos para el gallego y uno para el valenciano (¿por qué discriminan al valenciano?). Traducción simultánea. Debe ser que no tienen una lengua común y que algunos no entienden el castellano. ¡Qué disparate!

Yo más bien creo que los intérpretes deben servir, sobre todo, para traducir el andalú disléxico de D. Manuel Chaves, y tratar de vestir sus palabras huecas… que así deben ser cuando he leído, por otro lado, que el presidente Rodríguez le ha quitado la competencia de negociar la financiación territorial y que sólo va a hablar — o a intentarlo— sobre las políticas generales de su departamento.

En cualquier caso, y hable de lo que hable, ¿para qué diablos necesita de siete intérpretes? ¿Es que estamos locos? ¿Es que somos estúpidos? ¿O es que nos falta una mínima dosis de sentido común? Parece un mal chiste o una tomadura de pelo a los ciudadanos (perdón, a los ciudadanos y ciudadanas) de este país. Vaya por delante que me parece muy bien que se respeten las lenguas propias de cada región. Que se hablen y que se promuevan. Pero que se lleve al ridículo extremo de que se tengan que usar en una mesa de negociación (más o menos) con traducción simultánea, cuando existe una lengua común, es lo más absurdo que he visto en mi vida. Así no me extraña que no pueda haber acuerdo entre las autonomías.

La estupidez de nuestros políticos no tiene límite, ni parangón posible con nada. Puedo aceptar que en un discurso institucional en el Senado, cada representante autonómico hable en su lengua propia, cooficial. Es una forma de reconocer formalmente las diversas lenguas, especialmente cuando el Senado parece tender a convertirse en la Cámara de las Autonomías, aunque todavía no con la requerida definición. Pero en una negociación… ¿a quién se le ocurre?

Creo que estos nuestros políticos se han vuelto chavetas. Es la torre de Babel.

jueves 18 de junio de 2009

115. Envidia, en 400 palabras (setenta y seis).

Envidia

Siento envidia, supongo que de la buena porque no quiero hacer mal a nadie. Siento envidia de muchos y de muchas cosas. Por ejemplo, siento envidia de nuestros políticos, que de vez en cuando dicen frases lapidarias que quedan para el recuerdo, como la de “los brotes verdes” de una ministra, los “miembros y miembras” de otra o las “coincidencias planetarias” de una joven política, o lo de “jóvenes y jóvenas” de otra, no tan joven ya. Ahí quedan. Son frases para no olvidar. Yo tenía un amigo que una noche, ante no sé qué acontecimiento, dijo “estoy obnubilado”; y lo dijo solemnemente, con la consiguiente carcajada general. Pero la frase se recuerda.

En cambio yo creo que no he dicho ni escrito una frase lapidaria en mi vida. Y eso lo envidio. No se me ocurre ninguna como a Churchill o a Groucho Marx, que se les ocurrían a cientos. Los envidio, sí.

Envidio también a Ana, a Jenny, a Marina, a Carolina y a Noelia (podría citar una larga lista), compañeras de bitácoras casi anónimas —bueno, ya casi nos conocemos— por lo bien que escriben. Es una auténtica delicia leerlas. No importa que escriban de hechos reales o de historias inventadas, que siempre lo hacen con un estilo que da envidia. Cada una a su manera, pero rozando la perfección.

Yo, en cambio, he de conformarme con escribir de vez en cuando unas 400 palabras con poco ingenio y cuyo fin, finalmente, es escribir pasándomelo bien un rato, que no sé si para entretener a otros; seguramente no, aunque algún piropo que recibí me halagó en exceso. ¿Para quién o para qué escribe uno? No lo tengo claro. Unos, que saben hacerlo bien y luego venden, lo harán por la fama y el dinero. Otros lo haremos para los amigos más próximos, algunos anónimos o desconocidos, y lo publicamos en la Red. Otros, por el puro placer de escribir, no importa las consecuencias. Yo creo que casi todos lo hacemos por placer. Por ese placer íntimo que proporciona toda (buena) obra a su autor. La creatividad es placentera, sin duda (yo, que trabajo en Informática, siempre defendí que lo más bonito de este oficio es programar, por lo que de creativo tiene; lástima que hace años ya que no lo hago).

También envidio a quien es capaz de escribir una novela, publicarla y tener éxito. ¡Qué envidia!

miércoles 10 de junio de 2009

114. Bendita rutina, en 400 palabras (setenta y cinco).

Bendita rutina

Salí pronto de casa aquella mañana, quizá algo más de media hora de la hora acostumbrada. Yo soy un animal de costumbres: de lunes a viernes siempre me levanto a la misma hora y siempre salgo de casa cuando las manecillas marcan las 7:55. Siempre. Bueno, algún día unos minutos antes o después, tampoco voy a engañarme.

Pero aquella mañana eran las 7:25. Me encontré raro sin coincidir con mis vecinos de todos los días, “Hola”, “Hola”, “¿Qué tal, cómo estás?”, “Bien, ¿y tú?”; ni con esa chiquilla que, al ir al colegio, esperaba a su novio en el semáforo y, cuando él llegaba, se morreaban un poquito para empezar la mañana; ni con el simpático barrendero con su carro, “¡Hasta luego!”, “¡Hasta luego!”; ni con la viuda paseando a su perro, “Buenos días”, “Buenos días”; ni a esa chica tan guapa que salía del portal de enfrente a la misma hora que yo todos los días; ni con el autobús que conducía una conductora rubia. Sí, todos ellos eran tan puntuales como yo, todos los días. Por eso aquella mañana me encontré algo desorientado. Miré a todos lados como buscándolos y vi algunos personajes nuevos, pero no me llamaron la atención en absoluto. Nadie destacaba. Estaba amaneciendo y se apagaban las farolas, ¡qué casualidad!, justo cuando salía de casa; ése fue el único hecho relevante.

Arranqué el coche y me dirigí a la oficina, como todos los días. El atasco era menor, algo gané. Ya conduciendo, me pregunté que por qué aquella mañana había salido de casa antes que nunca. Eché de menos los encuentros acostumbrados que, aunque efímeros, formaban parte del ritual diario. Aquella mañana no pude ver a esa chica tan guapa que salía del portal de enfrente a la misma hora que yo todos los días. Me perdí cómo iría vestida y no pude disfrutar fugazmente de su belleza. A ella no la saludaba, no tenía confianza, sólo la miraba. Ella lo sabía, porque creo que, cuando la miraba, se contoneaba con coquetería.

Me respondí que no había ninguna razón especial para haber salido antes aquella mañana; simplemente, me desperté más temprano y seguí con mi rutina. Sentía un cierto vacío interior y a punto estuve de dar la vuelta, aparcar el coche, subir y bajar de nuevo a las 7:55. Pero no lo hice. Me habría sentido ridículo repitiendo la salida de casa.

domingo 7 de junio de 2009

113. Más sobre los números primos (dos), en 400 palabras (setenta y cuatro).

Más sobre los números primos

Es apasionante el universo matemático de los números primos. Son los átomos o ladrillos de los números naturales, como ya expliqué en mi entrada “58. Los números primos”.

En cierta manera es un universo no del todo accesible todavía. Hay infinitos números primos, sí, ya lo demostró Euclides en el año 300 a. C., más o menos. Pero a pesar de sus trabajos y los de Euler, Goldbach, Mersenne, Gauss, Riemann y tantísimos otros, todavía hay grandes incógnitas sobre estos números tan básicos. Por ejemplo, aún no se han demostrado las siguientes afirmaciones:

· Todo número par mayor que 2 es suma de dos números primos. (Conjetura de Goldbach).


· Existen infinitos pares de números primos gemelos (dos números primos son gemelos si su diferencia es 2; por ejemplo: 17 y 19).

· Existen infinitos números primos de Mersenne (un número primo de Mersenne es de la forma 2**p – 1, donde p es un número primo.

· Existen infinitos números primos de la forma n**2 + 1.

· La sucesión de Fibonacci (ver mi entrada “14. El número phi”) contiene infinitos números primos.

· Siempre existe un primo entre n**2 y (n+1)**2.

Parece que la hipótesis de Riemann, que tiene que ver con el teorema de los números primos, que aproxima el número de números primos inferior a un número dado, está a punto de demostrarse. Hay muchos teoremas demostrados que se basan en que la hipótesis de Riemann es verdadera. No sé qué pasaría si se demuestra que es falsa… La conjetura de Riemann afirma que “la parte real de todo cero no trivial de la función zeta de Riemann es ½”. No voy a entrar a definir la función zeta de Riemann, se saldría del ámbito de estas 400 palabras, pero sí decir que con los ordenadores actuales se ha demostrado empíricamente que la parte real de los primeros billones de ceros no triviales de esa función es ½. Lo que no demuestra que la conjetura sea cierta; hay que demostrarla; se demostraría que la hipótesis es falsa si se encuentra un contraejemplo, pero aún no lo ha encontrado nadie.

Como curiosidad: a fecha de hoy, el mayor número primo conocido es el 45º número primo de Mersenne, cuyo valor es 2**43.112.609-1 y tiene nada menos que 12.978.189 dígitos. ¿Os lo imagináis? Fue descubierto en agosto de 2008 en la Universidad de California (UCLA), utilizando el programa GIMPS.


Nota: ** = elevado a

sábado 30 de mayo de 2009

112. Un desastre, en 400 palabras (setenta y tres).

Un desastre

—Ya sé que soy un desastre, pero no me lo repitas.
—No eres un desastre. Bueno, sí, en algunas cosas sí, pero en otras eres un campeón.
—No, no lo soy, soy un desastre. Me lo has dicho.
—También te he dicho que eres un campeón, ¿no me has oído?
—Sí te he oído, pero me lo dices por compromiso.
—No, te lo digo en serio. En unas cosas, la mayoría, eres estupendo.
—Y en otras un desastre.
—Sí, pero en cosas sin importancia.
—En cosas sin importancia, ¿soy un desastre o un campeón?
—En algunas, un desastre.
—¿Y en las importantes?
—Muy bueno.
—¿Como cuáles?
—No sé… en tu trabajo.
—¿Tú crees?
—Sí.
—¿Por qué, si nunca has trabajado conmigo?
—Pero lo sé.
—¿Porque nunca me han despedido?
—Sí, por ejemplo.
—Pues, mira, no es cierto. Una vez me despidieron.
—¡Ah, sí! Lo había olvidado. Pero fueron circunstancias especiales.
—Pero me despidieron.
—Sí.
—Luego no debo ser tan bueno, ¿no?
—No es eso, es que entonces pasaste una crisis…
—Y me despidieron.
—Sí, pero…
—No hay peros. ¿Ves como soy un desastre?
—No, no lo eres.
—Antes has dicho que sí.
—Pero en cosas sin importancia, ya te lo dije.
—¿Por ejemplo?
—No sé, a veces te despistas y no haces las cosas bien.
—¿Qué cosas?
—Pues… no sé.
—Alguna habrá, porque me has dicho que soy un desastre.
—Te lo diría exagerando.
—No, no exagerabas.
—Bueno, te lo dije porque te olvidaste de sacar las cosas del lavavajillas, pero eso no tiene importancia. Lo hice yo.
—¿Y por qué lo hiciste tú? Tenías que habérmelo dicho y lo hubiera hecho yo. Me tocaba a mí.
—Pues no te lo dije para no discutir, como ahora.
—No estamos discutiendo. Si a mí me toca sacar el lavaplatos, lo tengo que hacer. Y si me olvido porque soy un desastre, me lo dices y lo hago.
—No quería molestarte.
—No me habrías molestado.
—Tú estabas haciendo cosas y no quise interrumpirte. Además, habríamos discutido, como ahora.
—Ahora no estamos discutiendo. Estamos hablando. Pero te digo que, si me tocaba a mí, tenías que habérmelo dicho.
—Pues decidí no hacerlo. ¿vale?
—Vale, pero luego me dices que soy un desastre.
—Sí, te lo he dicho, pero no me tomes en serio.
—¿Qué no? ¿Y cómo crees que me siento?
—No lo sé.
—Como un desastre.
—No es para tanto.

viernes 22 de mayo de 2009

111. 40 Haikus (cinco), en 400 palabras (setenta y dos).

Más haikus sobre la mujer, amores y desamores

 

Te miré y vi

tus ojos relumbrantes;

me cautivaron.

 

Me enamoré

de ti cuando te miré.

Así hasta hoy.

 

Ojos castaños

que brillan cuando miran

y me poseen.

 

Negra mirada

la tuya; nubarrones

bajo el cielo.

 

Bellas lágrimas

que con tu alegría

derramas, dulces.

 

Mujer querida,

mujer sabia y bella,

mujer ansiada.

 

No me insultes,

que sólo te anuncié

que te dejaba.

 

El amor pleno

llega tras los años

de amor fiero.

 

Amores tengo,

amores que enamoran

todos los días.

 

Dicen que tengo

la suerte de los tontos

por conocerte.

 

No te olvido;

aunque tú me dejaste,

yo te quiero.

 

¡Qué cansado es

insistir siempre en la

misma historia!

 

Déjame en paz,

no me quieras tanto, que

me harto de ti.

 

Quiero amarte

como antaño: pasión,

fuego, tormenta.

 

Te amo como

tú a mí, con el amor

sereno, pleno.

 

No te quiero, no;

me cansé de ti cuando

me engañaste.

 

No me olvides,

que me duele el alma

de tanto sufrir.

 

Es ya muy tarde,

no me vengas con cuentos,

que ya está bien.

 

No me digas que

te duele la cabeza,

que no te creo.

 

Este desamor

que me tienes se hará

odio en breve.

 

No concibo el

amor sin desencuentros.

¡Qué aburrido!

 

Qué será será

esa fuerza interna

que me trastorna.

 

El amor no es

cosa vana, salvo

que seas tonto.

 

La soledad

es al amor como la

sombra a la luz.

 

¡Qué tonto fui que

te dejé escapar por

entre las rejas!

 

No me mires con

tus bellos ojos, que me

enorgulleces.

 

Bésame con tus

dulces labios, que tan bien

están tallados.

 

Ponte el traje

que te regalé. Estás

preciosa con él.

 

Llora tus penas,

grítalas, extráñalas

sobre mi hombro.

 

Constato que

no me quieres. Me odias

profundamente. 

 

Quisiera vivir

enamorado siempre

de esta mujer.

 

Vivimos los dos

pendientes el uno del

otro. Así es.

 

No sé cómo ni

por qué nos conocimos,

pero así fue.

 

No sé si podré

amarte más de lo que

te he amado.

 

Sé que cuando tú

quieras, lo nuestro será

historia vieja.

 

Dependo de ti

hasta para respirar.

Dame tu aire.

 

Vente conmigo,

deja a la otra y

ámame a mí.

 

Con  mucho amor

me acerqué a ti y

tú me amaste.

 

No olvidaré

que un día dijiste:

“te olvidaré”.

 

No me lo digas,

que ya lo sé; me odias

tanto como yo.

 

domingo 17 de mayo de 2009

110. Olas.

Sol. Mar. Sal. Brisa de Poniente. Arena rubia. Agua fresca, aguas límpidas. Gaviotas. Baño. Rocas. Olas. Las playas de mi Cái. El paraíso.























jueves 14 de mayo de 2009

109. La política, en 400 palabras (setenta y uno).

La política

Fui con ilusión a las primeras elecciones democráticas. Desde entonces he votado en todas y no recuerdo haberme abstenido; en una, voté en blanco.

En treinta años de democracia hemos tenido políticos de todo pelo. Buenos y malos, capaces e incapaces, listos y menos listos, entregados y egoístas, honrados y ladrones.

Respeto nuestra constitución, entre otras cosas porque voté sí. Sobre ella se ha basado el progreso de esta España que, sin duda, no es la que era. Superamos cuarenta años de dictadura sin derramar una gota de sangre, salvo las derramadas por tantas víctimas de tanto cobarde asesino, por tanto sinsentido criminal de bandas terroristas. Sobrevive la sinrazón de los descerebrados etarras, desgraciadamente, que siguen empecinados en sus planteamientos sin sustento alguno, en fines aberrantes con medios monstruosos.

Y sobrevive en nuestras mentes el trágico y terrible atentado de Madrid.

Sufrimos un intento de golpe de estado, una pantomima que parece hoy típica de la España cañí, no de la España de finales del siglo XX. Y lo superamos. Como superamos varias crisis económicas y situaciones dramáticas de paro.

Hemos tenido políticos, a lo largo de estos treinta años de democracia, de todo pelo, decía. Pero ¿como los de hoy? Gobierno y oposición, nacionalistas… ¿se salva alguien? No destaca ninguno… Son una caterva de mediocres cuyo único fin, parece, es situarse en el poder, apoderarse del sillón. Nadie aporta soluciones. Nadie se toma la situación en serio. Todo consiste en desprestigiar al contrario. Nadie es constructivo.

Los que gobiernan no gobiernan con acierto —en mi opinión, claro—, los que se oponen andan a la greña y se oponen poco. Los nacionalistas, pueblerinos, andan a lo suyo, sacando partido sustancioso de sus apoyos desleales.

La crisis, galopante, a la que no se le ve solución ni fin, ahogando empresas y autónomos, dejando a trabajadores sin trabajo por cientos de miles y dejando el consumo en mínimos históricos y la morosidad en máximos. Se toman medidas ineficaces y que nos cuestan una barbaridad.

Tenemos unos políticos que España no se merece. Los españoles hemos votados a unos y a otros, pero creo que no pocos nos arrepentimos. No están a la altura. No son competentes. No nos toman en serio. Sólo el poder importa… y tenemos la prueba en las campañas electorales. Palabras, muchas palabras. Promesas, muchas promesas. Hechos, pocos.

Es la triste y recurrente historia de España.

viernes 8 de mayo de 2009

108. Déjame en paz, en 400 palabras (setenta).

Déjame en paz

—Déjame en paz, estoy intentando escribir.
—Sí, claro, así llevas un año, o más, y sólo has escrito unas páginas.
—Pero ahora lo estoy intentando.
—Pero no lo consigues.
—No. Sobre todo si no me dejas en paz.
—Yo te dejo en paz, pero tú no te concentras.
—No me concentro porque tú no me dejas. Me distraes con pensamientos estúpidos y sin sentido.
—No es cierto. Yo soy la primera interesada en que escribas y lo hagas bien.
—Me exiges algo que luego me impides, dispersándome la mente todo lo que puedes. No me ayudas.
—Sí te ayudo, aunque no lo creas. Tienes tres obras abiertas y estoy intentando convencerte de que te decidas por una y la acabes.
—¡Vaya! Lo que me faltaba por oír. O sea, que eres tú la que me dices que me centre en una, ¿no? ¿En cuál?
—Yo no te dicto cuál, sólo te preparo tus neuronas para que decidas.
—¡Eres falsa! Me tiendes trampas y lo que consigues es que no decida nunca.
—Yo no, será tu pereza. Yo te preparo el camino. Llevo más de un año insistiendo, remordiéndote. Puede más tu voluntad, que casi no existe.
—La culpa es tuya. Si tan poderosa eres, podrías domeñar mi voluntad. Tú puedes.
—No puedo. Yo no domino tu voluntad, eso es cosa tuya. Todo lo que puedo hacer es susurrarte el camino, despertar tu interés, alertarte de que así no vas a ninguna parte, recordarte que existo y que debes tenerme en cuenta. Pero me ignoras.
—No te ignoro. Eres una carga. Cuando he decidido algo, por ejemplo continuar con “El número 29”, el cuento, me recuerdas que aún no terminé “Viento Norte” y que tengo lectores esperando. Entonces cambio la decisión y a ti se te ocurre que debo pensar en el argumento de “Los secretos de Nadia”, que aún no tengo claro.
—Mi obligación es recordarte lo que tienes pendiente. Si decides algo, te advierto que dejas otras cosas para que decidas teniendo todos los datos a tu alcance.
—Ya. Entonces me armas un lío tremendo y consigues que no decida nada. Me creas problemas existenciales que no existen. Son pura invención tuya. Así que voy a tomar una decisión.
—¿Cuál?
—Ignorarte.
—No podrás. Yo soy tú mismo.
—Eres sólo una parte de mí.
—Indivisible.
—Ya veremos.
—Te recuerdo que tienes que escribir.
—¡Joder! Ya lo sé.

domingo 3 de mayo de 2009

107. Tristeza, en 400 palabras (sesenta y nueve).

Estas cuatrocientas palabras las escribí hace ya tiempo. No vienen a cuento hoy, pero ahí las dejo porque, entonces, las escribí.

Tristeza

A veces (nos sucede a todos, supongo), uno está triste. ¿Por qué? Es difícil de explicar.

No hay razón aparente. Analizo el día, el fin de semana, y no hay razón alguna. Si acaso, un par de pequeñas discusiones. Y quizás objetivos no cumplidos, cierto que tampoco planteados. No para este fin de semana. Sé que debo concentrarme en escribir lo que ya inicié. Pero siempre encuentro una excusa para evitar concentrarme. ¿O es que no me concentro y por eso me excuso con fáciles excusas?

Todo va bien. No hay problemas. Todo más o menos controlado y ningún aspecto candente de mi vida. Ni familiar ni profesional. Quizás, algo de pereza en el trabajo, pero nada especial.

Me dicen que me he vuelto gruñón. Yo lo niego, pero es posible. Nunca fui persona amable, ni alegre, sino más bien brusca, taciturna, y ahora no cambiaré, supongo. Tuve un punto de inflexión cuando por fin superé aquella fase depresiva que tanto me marcó. Mi personalidad cambió, suavizándose un tanto. Quizás he vuelto a las andadas.

Me entristece algo que no controlo. Es algo en mi interior que no razono. Es una sinrazón que no sé explicarme. Se me encoje el alma y me quedo inactivo. Busco cobijo en la autocompasión, buscando cosas que creo me suceden pero que no me ocurren. Siento pena dentro y no sé por qué.

No, no es la depresión; la conozco bien y ahora no la identifico, no es la depresión que ya pasé. ¿Será sentido de culpa por no haber hecho mejor lo que debía? Es posible. Aunque tampoco lo reconozco, es posible que vayan por ahí los tiros.

Es tristeza, simplemente. Supongo que uno tiene derecho a estar triste, pero es un derecho absurdo, un absurdo en sí mismo. ¿Estoy triste para mí? ¿Acaso me regodeo en mi tristeza? Quizá.

Hay otro factor que me cuesta reconocer y que ignoro: los años. Con los años se pierden cosas que uno echa de menos y a mí me cuesta aceptarlo. Con los años se pierden cosas y hay personas de tu entorno que se van para siempre, es ley de vida. ¿Tendrá en ello su origen mi tristeza? No lo sé. Yo sigo presumiendo de joven —y lo soy—, pero los años pasan y pesan.

Sospecho que alguna de mis neuronas no entiende nada y amarga la existencia a sus neuronas colegas.

viernes 24 de abril de 2009

106. El tiempo, en 400 palabras (sesenta y ocho).

El tiempo

—¿Qué tiempo hace ahí fuera?
—No lo sé. ¿Por qué no miras por la ventana?
—Pensé que lo habías hecho tú, por eso te preguntaba.
—Sí, me he asomado, pero no me fijé.
—No entiendo. ¿Qué mirabas? Te habrás dado cuenta de si llovía o nevaba, digo yo.
—Ya te dije que no me he fijado. Asómate tú.
—Claro, lo haré, pero podías haberte dado cuenta. ¿Qué mirabas?
—Pues la calle. ¿Puedo?
—Por supuesto que puedes.
—¿Entonces?
—Pues que podrías haber visto si hace sol, si nieva, si llueve, si está nublado.
—¿Y para qué quieres saberlo?
—Me gusta saber el tiempo que hace.
—Pues sal a la calle y lo sabrás.
—Ya. Pero, si no sé que tiempo hace, ¿qué me pongo? ¿Abrigo y bufanda, o bajo en pantalón corto?
—Bueno estamos casi en primavera, no creo que tengas que ser tan extremista. Ni una cosa ni otra. Supongo que con un jersey te basta.
—¿Y cómo lo sabes si no sabes qué tiempo hace?
—Bueno, lo supongo.
—Ya, pero con este tiempo tan cambiante no te puedes fiar. Hace un par de semanas hizo un tiempo de verano y anteayer casi nieva.
—Ponte lo que quieras, sal a la calle y luego subes a cambiarte si pasas frío o calor, depende de cómo vayas. O asómate primero a la ventana, que es lo más sensato.
—Pero tú ya te has asomado y no sabes qué tiempo hace.
—Ya te dije que no me fijé. Además, en estos momentos me importa poco el tiempo que hace. No pienso salir.
—Yo sí, por eso te pregunté.
—¿Y adónde vas?
—Depende del tiempo.
—¿Qué tiene que ver el tiempo? Si quieres salir es que quieres ir a algún sitio.
—No, no es así. Mira, si hace sol y buena temperatura me apetece dar un paseo.
—¿Y si no?
—Pues si llueve, me iría a tomar un café al bar de la esquina.
—¿Y si nieva?
—Entonces me abrigaría bien, me pondría las botas y también daría un paseo. Me gusta la nieve.
—Pues no sé qué decirte. Asómate a la ventana y lo ves.
—¡Pero si ya lo has hecho tú y no lo sabes!
—Pero yo tenía otro objetivo y no me he fijado en el tiempo.
—¿En qué te fijaste entonces?
—En la calle, ya te lo dije.
—¿Y cómo está la calle?
—Y yo qué sé.

domingo 19 de abril de 2009

105. Quisiera enamorarte...

Quisiera enamorarte de nuevo,
como antaño,
con fuego.

Quisiera quererte como te quise,
como antaño,
con toda mi pasión.

Cuando tu cuerpo olía a volcán
y el mío entraba en erupción.

Cuando no había en ningún sitio nada más que tú.
Cuando mis ojos eran los tuyos
y tu boca era mi boca.

Quisiera repetir mi vida contigo.
Quisiera amarte como te amé
y sentir que me amas como me amaste.

Hoy te quiero con ese amor maduro que llega con los años.
Te siento cerca.
Intuyo que me sientes cerca, que me quieres…
que me quieres con ese amor maduro que llega con los años.

Hoy tus ojos y mis ojos miran al mismo sitio
y tu boca y la mía hablan las mismas palabras.

La vida ya no nos pertenece.
Y por eso deberíamos reinventarla
y volver a la pasión,
al amor que quema, al amor que duele,
al amor que huele a sal,
al amor que enamora,
al amor que sabe a mar,
al amor que añoro.

Pero te amo.